LOS BOSQUES VASCOS QUE NO PUEDES PERDERTE ESTE OTOÑO

 

El otoño ya está entre nosotros. Ha comenzado a extender su manto de colores rojizos y ocres por unos bosques vascos que aún se resisten a perder su verde de vida. Pero la batalla está perdida. En unas semanas, la policromía otoñal dominará nuestro paisaje, tránsito hacia una necesaria hibernación que allá por marzo dará paso de nuevo a la vida. Así que es el momento de aprovechar este momento único en la Naturaleza para disfrutar de sus colores, de sus luces tenues, de sus brumas de cinco bosques de Euskadi donde el otoño muestra todo su esplendor, todos sus colores, pero también toda su melancolía.

– HAYEDO DE BURBONA

Toda la vertiente suroccidental del macizo de Gorbeia está cubierta por un extenso y frondoso bosque de hayas. Es el conocido como hayedo de Altube. Aventurarse en su interior es siempre un ejercicio recomendable. Su manto de hojarasca, su perenne sombra, su frondoso frescor conforman un cúmulo de sensaciones para el caminante que hace de la excursión un grato paseo. Si además la caminata es otoñal -por estas fechas- y le añadimos la berrea y los tonos ocres de la hoja caduca, la experiencia se puede convertir en inolvidable.

Una excelente propuesta para transitar por esta mancha de hayas es la ascensión al Burbona. Más que una ruta de montaña, un sencillo paseo por suaves lomas cubiertas de hayas.La excursión comienza en el Parketxe de Sarría (Centro de Interpretacion del Parque Natural de Gorbeia).

Allí debemos descender hasta la entrada del aparcamiento y coger una pista de tierra que nace frente a la caseta de información. Paradójicamente. Todo este tramo inicial de la marcha discurre entre pinos, y no ofrece dudas. Sólo hay que seguir la pista principal, que asciende hasta el cordal principal. Cerca ya de él nos toparemos con una bifurcación, donde seguiremos por la derecha hasta un cruce con una cruz de señales (0h.35′), justo a los pies del Kamurazabal. Estamos ya en la línea de cumbres que nace en Altube y muere, mucho más al norte, en el Nafarkorta.

A partir de aquí no hay más que seguir hacia el Norte (dcha.) la pista que discurre a través del hayedo por el cordal. Un delicioso paseo que coincide en todo este tramo con la GR-12 (Travesía de Euskal Herria) y nos lleva, casi sin darnos cuenta, hasta el Burbona (934 m.), indicado en una cruz de señales (1h.30′) en medio de las hayas. Desde el desvío (izda.) hasta el buzón-cohete apenas hay doscientos metros.

Desde aquí, desandamos el camino para retornar al Parketxe (2h.45′), aunque los más montañeros pueden seguir el cordal cimero y visitar los otros dos Burbonas de esta curiosa montaña con triple cima antes de descender, siguiendo una pista forestal (O), hasta el refugio y puente de Aldarro (2h.30′) para continuar junto al río Baias hasta el Parketxe (3h.10′).

– KAPILDUI-BARRANCO AYUDA

Al oeste del Parque Natural de Izki, ya en tierras de Treviño, el río Ayuda dibuja en su tramo entre Okina (Álava) y Sáseta (Treviño) un precioso barranco de gran interés medioambiental.

Tanto que está incluido en la red Natura 2000 de espacios protegidos. Esta estrecha y profunda garganta ofrece un espectacular paisaje que incluye saltos de agua, pozas de agua cristalina, un rico bosque de ribera, hayedos centenarios, peñascos desplomados y una nutrida fauna con el visón europeo como gran referente.

Recorrer este desfiladero, por el que discurre el GR-38 (Ruta de Vino y el Pesado) es siempre un aliciente. Que crece si hablamos del otoño, una estación en la que lo colores y los matices del paisaje se disparan en este territorio privilegiado.

El punto de partida de la excursión es el Okina, un aislado núcleo rural próximo a los límites con Treviño y que además ofrece una segunda opción de paseo otoñal: conocer el frondoso hayedo del Butxisolo, un escolta de lujo del Kapildui, la montaña que domina este territorio.

Desde la iglesia de este remoto pueblo perteneciente a Bernedo, hay que encaminarse hacia el desfiladero (S). Según nos intermanos en el, la pista forestal se convierte en un cómodo camino que recorre el cañón pegado al río. Es el momento de olvidarse de las prisas y recorrerlo disfrutando del sonido del agua, de las cascadas de sus afluentes, de sus escarpes, de su exhuberante vegetación, de su molino… Sin darnos cuenta de que en algo más de una hora habremos llegado a Sáseta, pueblo burgalés en el que desemboca el desfiladero.

De vuelta a Okina, vamos a conocer el hayedo de Butxisolo. Se toma el mismo camino que al desfiladero, aunque al poco de dejar atrás las casas, se coge un desvío a la izquierda. Y otro, unos metros más allá. Inmediatamente comenzamos a ganar altura por el barranco de Zezabala con excelentes vistas de Okina y la vertiente oriental del Pagogán. Más arriba, el camino nos obliga a elegir a la entrada misma del hayedo. Un vial se interna entre los árboles y el otro lo bordea. Da igual; ambos se unen más arriba.

Tras un par de revueltas, la pista se vuelve a bifurcar (0h.45′). Seguimos por la izquierda hasta una pequeña campa rodeada de hayas. Continuamos un difuso camino hacia la derecha, que remonta hasta un abrevadero (1h.00′). Estamos ya en el corazón del bosque. Sea cual sea la dirección elegida, disfrutaremos de sus colores, sus olores, su mullido manto de hojarasca antes de retornar a Okina.

– CAÑÓN DE IZKI

El río Izki es un afluente del Ega, tributario a su vez del Ebro y al que desemboca cerca de Santa Cruz de Campezo. Nace en el corazón del Parque Natural al que da nombre y pasa por Korres. Dejado atrás el único núcleo poblado existente en el interior del espacio natural, abandona el Parque camino de Bujanda por el cañón de Izki, un exuberante y angosto desfiladero entre las peñas de Muela y Soila, inconfundibles desde el sur por su altivo perfil de proa de barco.

Atravesar este barranco en otoño es una delicia. La variedad de especies forestales que conforma su bosque de ribera otorga una policromía difícil de ver en el paisaje vasco. El contraste con la roca de los cortados de Soila y Muela no hace más que engrandecer el paraje, que da paso a un bosque de hayas y robles que en absoluto desmerece a su antecesor.

Partimos, en Korres, desde el Parketxe y atravesamos el caserío medieval, admirando los pasadizos y las fachadas con sus puertas de madera adornadas con eguzkilore, hasta la iglesia. A su derecha, una callejuela sale del pueblo y pasa junto a la cueva de La Ballena. Unos metros más abajo, tomamos una desviación a la izquierda. Es el ancestral camino que unía Korres con Bujanda a través del barranco de Izki, que nosotros vamos a recorrer en su integridad.

En el primer tramo discurre a media ladera, por la margen izquierda, justo bajo los farallones, lo que permite disfrutar de una panorámica general de su exhuberante vegetación y de los acantilados que encañonan el barranco. Más adelante, pasamos junto a la presa Aranbaltza y descendemos hacia el río, hasta un cruce en el que confluye el enlace a la Senda Antoñana (0h.30′). Seguimos el vial de la derecha, aunque a los pocos metros tomamos un sendero a la izquierda. Se trata de un desvío provisional, que se adentra en el frondoso bosque para conocer el viejo puente de Lagabia, ya que un poco más adelante retorna a la pista, que ya no abandonamos y que, tras un amplio cruce con rotonda incluida, discurre entre campos de cultivo hasta Bujanda (1h.10′).

El retorno a Izki lo hacemos por el mismo camino, aunque los más montañeros pueden tomar la senda Antoñana y seguir por ella hasta su enlace con la Senda El Agin, que asciende hasta el Soila y retorna a Korres por su vertiente Norte (3h.00′).

– HAYEDO DE OTZARRETA

A todos nos han contado alguna vez un cuento de gnomos y duendes que viven en un bosque mágico, con árboles forrados de musgo, cubierto perennemente de una alfombra de hojarasca y surcado por una serpenteante arroyo de aguas cristalinas y tintineantes. Pues bien, ese bosque existe. Y no se encuentra en tierras remotas surgidas de la imaginación de un escritor, sino bien cerca. Está en el Parque Natural de Gorbeia y se llama Otzarreta.

Es un bosque pequeño, apenas unas hectáreas, pero son suficientes para acoger un paisaje que nos traslada a tierras de ensueño. Y que, como no podía ser de otra forma, en otoño luce en todo su esplendor. Se encuentra en el extremo oriental del Parque Natural de Gorbeia, en la frontera entre Álava y Bizkaia muy cerca de otro paisaje singular de esta gran reserva de la naturaleza vasca: la turbera y humedal de Saldropo, donde completaremos la excursión.

La excursión comienza en el puerto de Barazar, un punto clave desde tiempos inmemoriales en la conexión comercial entre la meseta y la costa. Junto al restaurante Bengoetxea parte una pista que se dirige a Saldropo. Este tramo aún lo podemos hacer con el coche, entre alerces japoneses y cipreses Douglas de repoblación. En una primera bifurcación seguiremos por la derecha y será en la siguiente donde dejaremos ya el vehículo para iniciar el paseo. El ramal de la izquierda lleva al hayedo y el de la derecha, a Saldropo, lo que nos permitirá completar un recorrido circular.

Nos dirigimos primero a Otzarreta por una pista en buen estado. Transitamos entre los bosques que acabamos de cruzar y pastos que permiten divisar el Gorbeia en el horizonte. El camino apenas tiene desnivel y en menos de media hora de cómodo paseo llegamos a una bifurcación. Justo entre los dos ramales descubrimos el bosque de Otzarreta, un pequeño hayedo formado por apenas un centenar de ejemplares surcado por el regato que le da nombre. Caminar sin rumbo entre las hayas nos permitirá descubrir que son trasmochas: sus ramas no se extienden en horizontal, sino que crecen hacia el cielo ya que las originales fueron cortadas por los carboneros para elaborar su negro combustible vegetal.

Tras disfrutar de este idílico paraje, retomamos la caminata por el camino que delimita el hayedo por la izquierda y que gana altura con suavidad. El objetivo es Saldropo, así que en la siguiente bifurcación seguimos por la derecha. La pista nos lleva al portillo de Upeta, que da paso a una vaguada encajonada entre el Eneabe, inconfundible por sus antenas, y el Bastelarra, herboso escolta menor del rocoso Arralde. Es el momento de dejar la pista principal y tomar (dcha) otra que conduce directamente al humedal de Saldropo, cuya turbera quedó prácticamente extinguida por su aprovechamiento para jardinería y la agricultura a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta la calificación de este espacio como Parque Natural (1994). Un recorrido circular balizado y reforzado por paneles informativos permite descubrir este singular y delicado ecosistema antes de volver por la pista principal al coche (2h.30’)

LOS BOSQUES DEL SANTUARIO DE URKIOLA

El alto de Urkiola y su cercano Santuario conforman el punto neurálgico del Parque Natural. Allí se ubica el Centro de Interpretación (Toki-Alai) y desde allí parten rutas a la práctica totalidad de sus cumbres. Aún más, su entorno aglutina todo un muestrario de la riqueza etnográfica, natural y paisajística del Parque. Y los bosques de hayas que pueblan el entorno de Santuario son uno de sus mayores tesoros. Un territorio, por cierto, ocupado originariamente por abedules (‘urkia’), que son el origen de la denominación de Urkiola.

Primero conoceremos el hayedo que se alza al sur del Santuario, al que accedemos tras cruzar entre el pequeño caserío que tiene adosado el templo. En su tiempo los edificios acogieron la hospedería, el hospital y el resto de ‘servicios’ del santuario. Una ancentral calzada (data del siglo XVII, aunque la actual es una reforma) nos lleva entre las hayas en un breve paseo hasta la ermita de Santa Apolonia, también llamada de Santutxu, edificada en 1515 sobre una fuente a la que se atribuyen propiedades curativas. Según la tradición, los que padecen dolor de muelas deben llenar la boca de agua, dar tres o siete vueltas alrededor de la ermita y arrojar el líquido en su interior invocando a la Santa.

De vuelta al Santuario, no podemos dejar de tocar la gran roca que hay ante su pórtico, a la que se le atribuyen poderes prodigiosos. La llaman ‘Tximastarri’ y la tradición asegura que es un meteorito. Nada de eso, pues no deja de ser una piedra de cantera. El caso es que según la tradición obra milagros. La costumbre es dar siete vueltas a la gran roca. El Santo, defensor de las causas perdidas, garantiza encontrar pareja al romero/a que se lo pida con fe y convencimiento en los poderes del santo.

Vamos ahora a conocer el hayedo que se extiende al norte del Santuario, hasta el mirador de las Tres Cruces. Primero conoceremos la nevera que hay al otro lado de la carretera y luego recorreremos el cercano vía crucis hasta el espectacular mirador de las tres cruces, construido en 1943 por encargo póstumo de un fiel. Por el camino pasaremos junto a la ermita de la Vera Cruz y del Santo Cristo. El actual edificio data de 1665, tras resultar destruida por unas fuertes nevadas. De vuelta al Santuario es el momento de obviar el camino y deambular entre las hayas, disfrutando de sus colores, oliendo la humedad del hayedo, sintiendo el poder y el misterio que emanan los bosques caducifolios en otoño.

 Articulo del diario “elcorreo”

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